Sobre la relación entre ética y ontología para tiempos de confusión

Si algo caracteriza a nuestra época, al menos en lo concerniente en el ámbito ético, es la progresiva relativización de toda creencia. Así, sobre la base inconfesable de una dicotomía entre lo que es “natural” y lo que es “cultural”, entre lo que es una denostada “construcción social” y lo que es “políticamente correcto”, entre la muerte del Padre y lo que es retrógrado para nuestro siglo, la confusión parece más que nunca bien extendida. Si bien de ella no se atestigua (de la misma manera que sucede con toda forma de cuestionamiento), la huida y el refugio en aquello que Heidegger denominaba la ‘banalidad y ambigüedad de toda opinión pública’ aparecen precisamente como ese testimonio de lo que debe evitarse a toda costa.

Las críticas que se han efectuado al predominio de los credos sobre las instituciones no carecen de sustento, de hecho, solo para colocar un ejemplo, las prácticas políticas de nuestros tiempos deben mucho a fenómenos religiosos de antaño (como lo revela la excesiva cercanía entre mesianismo y caudillismo). No obstante, el discurso liberal acarrea un efecto performativo sobre lo político que, a fin de cuentas, parece neutralizarlo de la misma manera que lo hace la religión. Frente al sujeto culturalizado, excesivamente enraizado en “prejuicios premodernos”, la globalización actual nos ofrece un individuo cosmopolita, tolerante y neutral ante cualquier parcialidad, relativizando toda perspectiva afirmando que la verdad solo puede ser hallada mediante un consenso de las partes. Como alguna vez ironizó Agamben, cabría ver la efectividad de esta teoría ética sometiéndola a una hipotética prueba en un campo de concentración nazi.

Si ese individuo absolutamente neutral se revela como una ficción inalcanzable, más solidario con el ideal sujeto de consumo (que no se compromete con nada más que con lo que se vende en un mostrador, el objeto común y neutral de nuestros tiempos) que con un sujeto activamente político, la opción de una nostalgia al pasado resulta inviable no solo porque ello significaría caer en un remedo de romanticismo, sino principalmente porque el enemigo ya no es el mismo. Ahora quienes enarbolan las banderas del humanismo no son los jóvenes revolucionarios sino los principales directivos de las transnacionales, con toda la maquinaria publicitaria a su favor.

No obstante, para desmontar los mitos con los que el capitalismo efectúa su (bio)poder, acaso serviría también diluir las falsas dicotomías que hemos señalado líneas arriba. Uno de los términos fundamentales de los cuales hace uso el sociólogo francés Pierre Bourdieu para llevar a cabo sus análisis es sin duda el de habitus. Lo que se pretende hacer referencia con este concepto no son sino, para decirlo brevemente, todas aquellas disposiciones innatas en el individuo para percibir su entorno y su realidad social; no obstante, y esto no debe ser soslayado, la precomprensión de la vida cotidiana no agota al término, sino que, obedeciendo a la inserción ontológica del individuo en el todo social (una inserción tan natural que  suprincipal virtud reside en la constatación de una zona de indiferencia entre el individuo y el mundo), sirve también para describir la transformación y  reproducción inconsciente de los esquemas cognitivos aprehendidos en la formación del individuo.

La principal riqueza del término, cabe señalar, reside en que, a diferencia del uso excesivo de uno familiar llamado “ideología”, el de habitus está liberado de toda connotación epistemológica, a diferencia del segundo: es decir, aquí está fuera de lugar juzgar un esquema como verdadero o falso, antes bien, el habitus está enraizado en el ser humano de la misma forma en que lo está el lenguaje. De ser así, entonces aquí abandonamos todo campo sometido a voluntad consciente para entrar a ese campo de las posibilidades de los modos de existencia, campo a su vez limitado por las situaciones concretas (capital simbólico, lenguaje, procedencia cultural, etc.).

Así, todo relativismo que se funda en la idea de un sujeto que puede apartarse de lo real para afirmar que toda mediación hacia aquel es “relativa”, no hace sino ignorar toda la dimensión histórica y temporal de la existencia humana. Ante ello, cabría oponer que el sujeto se encuentra en el mundo no de forma actual, presentificado, fácil de ser abstraído, sino que, dada toda la historicidad propia de cualquier identidad individual, su relación con el mundo se encuentra sumergida en las aguas de la posibilidad existencial, lo cual hace más accesible comprender tanto la libertad inherente a nuestra condición, y por la que vale la pena protestar y resistir, como “aquel sometimiento voluntario de los oprimidos”.

De manera paradójica, el capitalismo vende la idea de una libertad que en el fondo resulta restrictiva, y opone a ella toda ideología “del tercer mundo” como antiliberal y contraria al progreso. En este sentido, si, como han señalado algunos, al sistema le conviene tener frente a sí individuos que se sienten inseguros respecto a qué creencia adherirse, cuál es la creencia verdadera, cabría suponer justificadamente que lo que podría resultar subversivo sería precisamente lo contrario: la aceptación de que, por nuestra propia condición de ser humanos, siempre perteneceremos a una cultura (que nunca es una sustancia monolítica de creencias) por el solo hecho de ser-en-el-mundo y, sobre todo, que siempre estará abierta la posibilidad de imaginar otro modo de existencia.

(*) Sobre la imagen: portada del disco Hail To The Thief de la banda británica Radiohead, diseñada por Stanley Donwood.

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