Epistemología de las aves

Estaba perdido. Acaso, en la inmensidad de la noche, era poco menos o poco más que un ave. De ser así, todos podemos volar, todos podríamos ser aves, aunque sea en la tonta metáfora de la vida, y la vida bien podría ser aquella noche. Pobre vida, pobre ave.

Irrenunciable permanencia en la mediocridad de la vida en la bandada; queremos, quizá todos, acaso muchos, ser esa águila imperial. La conciencia aviar grazna: “¿Tú crees que algún día seremos grandes?”… la pregunta que se repite una infinidad de veces: le preguntas a las alas, a las patas, a las plumas, al pico, etc. Así, seguimos sometiendo a la ignorancia la propia grandeza de nuestra condición: ser aves y ser cielos y ser vidas, algunos días ser noches, algunas noches ser mediodías, condición de ser alas-patas-plumas-picos-…

Acaso es tanto el ego de la pequeña ave, quizá un colibrí, que no bastaría una vida de libar flores diversas, de todos los colores y sabores, de libar, de succionar el mundo, tanto que este podría acabarse –y aún no sería suficiente ¿De qué se trata la noche entonces? Justamente de ser aves. Y no de las que vuelan en triángulos sino de las que vuelan, de aquellas que nunca van solas, que nunca comen más de lo debido, de aquellas que su dieta, está siempre vacía de más muertes.

Como toda ave, estamos determinadas a buscar un bebedero, el mismo que ha de ser para otras aves, para los hermanos felinos, caninos, hermanos de escamas, etc. En una conjunción nada sorprendente, las aves debemos también aprender a bailar de la misma forma en que debemos otorgar consideración al sueño, y al ensueño, sino esta vida-noche no sería más que un exacerbado peligro moviéndose en el silencio. El ave ha de buscar su alimento y para sus hermanos, los cuales son todas las naturalezas; ha de trabajar, y ha de disfrutar de él, porque de lo contrario le costará trabajo alzar las alas nuevamente para volar, para sentirse libre. El ave tomará consciencia de todo esto, tomará en el silencio del día (el instante de mayor luz) un respiro, efectuará una inhalación de fortaleza; se sentirá ave, se sentirá naturaleza, sentirá su pecho inmenso, y se echará a volar, esta vez solo, pues si no estamos solos, el grupo no existe. El ave encontrará el bebedero, bailará, soñará, alimentará, y también será bebido, bailado, soñado y alimentado, escuchará y será escuchado, caminará y será camino. Dará con tanto afecto que será la propia naturaleza instintiva la que le proveerá de alas.

El ave –que somos– a veces debe priorizar el andar, por más difícil que sea, sobre el vuelo. Y deberá esperar de los demás lo mismo que el podrá dar en alguna oportunidad. Y cuando vuele, buscará siempre dar todo de sí.

A veces, por hoy solo a veces, me preguntó porque amamos más la futura rama en que posaremos antes que el volar mismo. Si nuestra condición nos arroja a la posibilidad de volar, ¿acaso no es suficiente milagro el poder alcanzar tanto los picos altos como planear muy cerca del agua? ¿Acaso no es suficiente milagro tener al cielo como aliado y a la tierra como hogar? No obstante, nuestra ambición puede más, algunas veces. Y ese poder quema nuestras propias alas. Nuestro hambre no irrenunciable nos deja sin cielo, sin atardecer y sin alas, nos deja sin vuelo, nos deja sin nosotros mismos. Desperdicio, solo desperdicio. El aire invade todas las naturalezas, el amor brota de todas las criaturas y los bailes, para las aves, pueden darse en cualquier sitio. Vaya desperdicio quemarse por un pedazo de ambición.

La danza del universo envía una ligera corriente de aire hacia mi rostro, mis alas parecen moverse al son de la música de las esferas. No soy dueño de mí mismo, tampoco el esclavo de alguien más.

*Escrito en colaboración conjunta.

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