Autoinflicción en segunda persona.

 

Los humanos, piensas, son un cúmulo de desperdicios superpuestos, entrelazados, negados y afirmados mutuamente sobre un abismo sin fin. Tratando de despojar toda la inmundicia que interrumpe la vida, alcanzan a ver el precipicio, el fondo, el vacío, y cuando lo contemplan, con emociones confundidas, todo horizonte ya está perdido. Los desechos siempre son necesarios. Siempre es inevitable aferrarse a ellos. La enfermedad es saludable, continúas, y su extremo es una cura a tu alma. Nada, dices, atenúa más la desesperación que el afecto seguro, posible sólo en la fantasía. Nadie conoce al ser amado; en ellos no hay más que nuestras esperanzas extrapoladas en un cuerpo. Y si todos son así, te preguntas, por qué no ser yo como ellos. Si todos sueñan al despertar… Pero no es así, intuyes. Y aunque no te sea posible, quisieras evitar la mayor de tus ansias: no el saber de la existencia de lo real y lo imaginario, sino el de la confusión de ambas. Sin embargo, no lo dices; lo ocultas porque sabes que quien habla le da una tercera realidad a las cosas. Pero piensas, y llegas sin preámbulo a la segunda realidad. La vida te empuja, te acerca al borde para jugar con tu cuerpo, con lo que cala tu alma. Anhelarías quedarte en el mundo de las intuiciones, de la primera realidad que no parece otra cosa que una nube inexpresiva y fastuosa, de la conciencia sin autoconciencia, del deseo puro del animal que socava las negras bolsas en las esquinas de las calles, bolsas colocadas por seres inmundos a tu olfato. Eres un perro sin cualidades positivas, un pedazo de viento que no puede acarrear nada. Persigues, por no dar con qué discurrir a tu entendimiento, la primera luz que se presenta a tus sentidos. No es que ello te empuje a actuar; es el vacío de tu fundamento el culpable las cadenas en tu destino, por eso tu ir hacia algo es sólo un huir de ti mismo. La fatalidad que te arrastra de tus pulsiones al cálculo de tus movimientos es porque pretendes inhumanizarte, retrotraer vivencialmente lo que el hombre ha sido alguna vez: un puro devenir sin responsabilidad inmanente. La responsabilidad, además, es para ti sólo un ardid, una compensación sin conexión existente de aquello que pretende justificar: la libertad. Sin culpa existente en tus vísceras, te entregas al vacío. Te vuelves un hambre voraz, capaz de traicionarte a ti mismo por un pedazo de carne, bañada en sangre y estiércol, con el sólo fin de revolcarte en tu autocompasión. Eres un cerdo; tu realidad se ha machacado a la satisfacción de tus apetitos sexuales. No, dices; piensas que tus límites no son tan estrechos. Y recuerdas tus escritos, tus pinturas. Así que eres a tu entendimiento la figura de adolescente añorada: eres un artista, murmullas, pequeño, inexistente para los hombres, lo que fuese, pero uno al fin y al cabo. No obstante, un papel y una tela no son más que formas. Si tu cobardía no te impidiera llegar a lo verdadero –a la superficie–, no habría de preguntarte por el qué habido sobre el blanco de las hojas, de los lienzos pero ¿no hay allí acaso figuras, acaso palabras que configuran el motivo del movimiento de tus manos sobre tu piel? ¿No son las mujeres ahí retratadas las que simbolizan tu desesperanza, tu única salida del no encontrar modo de salir? ¿No son, acaso, esos colores y esas letras los que permiten que engañes a tu mente para apaciguar tu auto-comprensión? Eres, a pesar de tu pretendido arte, un animal que sólo lucha por sobrevivir.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s