Máscara de Ulises o Sobre la mistificada identidad universitaria

Despertamos, nos dirigimos a la ducha, nos duchamos, nos acicalamos; cuadernos, lapiceros, la mochila o el morral, tomamos las monedas con las cuales resistimos todo el día, tomamos las monedas que nos deja cariñosamente la madre o el padre sobre la mesa, es casi medio día de trabajo miserable el que empuñamos. Caminamos, casi siempre caminamos mucho; llegamos, casi siempre llegamos pocos: el paradero con gente muy parecida a nosotros. Audífonos… la sociedad actual no quiere escuchar a nadie, ni siquiera nos queremos escuchar, eso puede ser peligroso; lentes… podríamos imaginar tontamente la cantidad de libros leídos, pero luego las actuales pantallas, todo se mira delante de una pantalla –el mundo condensado nos ha dejado ciegos en casi todos los sentidos; más que ese “saber”, si son universitarios, nos une la miseria, la peripecia épica de estudiar, sin olvidar , sobre todo, aquel gusto romántico y egocéntrico de recalcar nuestra odisea.

         La identidad universitaria tiene un extraño sabor a sueño dorado, a cierta distinción social, de ahí que mientras más resaltemos lo pobres que somos, más resalta nuestro esfuerzo. Dice un proverbio popular: “Entre más grande el desafío, mayor será la gloria”, y resulta tan extraño que a pesar de los discursos de equidad que discutimos como monos ciegos y sordos en las universidades (sobre todo, en las públicas), todavía perseguimos la anhelada gloria hegemónica y hegemonizada: el éxito. Uno bien podría decir que queremos morir o ricos o revolucionarios, pero nunca en el olvido.

         Otra particularidad de la extraña identidad universitaria es resaltar nuestra pertenencia no como una praxis política sino como consumo. Pienso en las miles de fotos captadas, compartidas y consumidas frente a las diversas “cartelas” con el nombre de tu universidad de pertenencia (y de preferencia): resaltando nuestra intelectualidad resaltamos nuestro vacío. “¡Somos una raza distinta!”… no está lejos el enunciado de la praxis universitaria. Hemos sobrevalorado el conocimiento académico, y encima de ello hemos puesto el rango distintivo de las siglas que nos identifican quizá con siglos de enseñanza o quizá con infraestructura

            ¿Somos en realidad una raza distinta? En el fondo, quizá solo negamos el conocimiento del otro debido a su diversa forma de acceso a este. A veces, parece como si la realidad ya no fuese a retornar a las aulas, sobre todo mientras las calificaciones sigan gobernando, mientras sigamos obteniendo veintes, seguiremos creyendo que nuestra “ciencia” algún día mejorará el mundo. Violencia epistémica, esa que cometemos desde la subalternidad a la subalternidad, en resumen, los silenciosos callando a los silenciados.

            La actual identidad universitaria, la del ego del Ulises que regresa a la isla del éxito –de la cual cuentan los mitos modernos–, la de las pantallas que engloban al mundo sin distinción alguna –el mundo en su compleja obscenidad–, la del silencio que nos da la música, la de los selfies frente al letrero universitario, y el consumo de la imagen y los 100 “me gusta”…

          Tomaremos la mochila, con cuadernos y lapiceros, con libros pesados, muy pesados, tomaremos las monedas de la mesa, caminaremos hacia el paradero, quizá duchados y acicalados, quizá sucios y sudados, sin saber a ciencia cierta si ya habremos despertado.

(*) Cuadro de José Gutiérrez, “La tertulia en el Café Pombo”

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