Culpa, subjetividad y capitalismo

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En el célebre texto de Walter Benjamin titulado “El capitalismo como religión” (en realidad un borrador publicado póstumamente) puede leerse, en la línea de la argumentación general  que presenta al capitalismo como un culto sin tregua ni dogma, la concesión de un rol esencial y singular, dentro de  su estructura religiosa,  al fenómeno de la culpa: “El capitalismo es, presumiblemente, el primer caso de un culto que no expía la culpa, sino que la engendra” (1). A diferencia de las religiones tradicionales, en las cuales la culpa cumple el papel de llevar al individuo a la expiación, el capitalismo no solo fomenta sino que debe su triunfo al arraigo de este sentimiento dentro de la consciencia de los individuos. Por otro lado, la culpa no puede ser de ninguna manera apagada ante un dios trascendente, sino que, por el contrario, necesita reproducirse infinitamente. En este sentido, cabe recordar que en la lengua alemana el término schuld puede significar tanto “culpa” como “deuda”, y que es sobre esta irónica equivocidad que Benjamin nos sugiere poner atención especial en aquel dispositivo que prefigura la subjetividad en las sociedades tardocapitalistas.

             Para nuestro tiempo, el desarrollo y expansión del capital ha alcanzado ya esferas sociales no tan estrechamente vinculadas con lo económico, como lo son los procesos culturales, la sexualidad e incluso el lenguaje mismo. En este sentido, los procesos de subjetivación se presentan ahora como inoculados (e incluso motivados) por la estructura religiosa originaria del capitalismo. En qué sentido se muestra la culpa en los sujetos de las sociedades democrático/capitalistas resulta una tarea necesaria para toda pretensión de crítica social hoy en día.

            Byung-Chul Han, famoso ensayista actual de filosofía social, ha puesto en relieve el extraño carácter coactivo que adquiere la libertad en nuestra época. Mientras que en las sociedades disciplinarias (es decir, aquellas sociedades en las que puede reconocerse un poder soberano que se ejerce negativamente) el deber señalaba los límites de la acción individual; para nuestra época, por lo demás atiborrada de publicidad y objetos de consumo, las viejas cadenas del tú-debes han sido, aparentemente, suprimidas, logrando así la sensación de una libertad ilimitada para movernos dentro del espacio social. Sin embargo, como muy bien señala nuestro autor surcoreano en su libro Psicopolítica, esta libertad individual no termina sino siendo más coactiva que el deber, pues “confiere al capital una subjetividad ‘automática’ que lo impulsa a la reproducción activa. Así, el capital ‘pare’ continuamente ‘crías vivientes’. La libertad individual, que hoy adopta una forma excesiva, no es en último término otra cosa que el exceso del capital” (Editorial Herder, 2014).

        De vital importancia resulta esta “reproducción activa” que todo individuo, a manera de una escisión originaria, entrega al capital para poder vivir dentro de su seno. La libertad se nos es entregada a costa de no poder decidir sobre qué mundo habremos de ejercerla. Retomando la idea benjaminiana de la culpa como elemento inextinguible para poder constituirse dentro de lo social como sujeto, nos vemos hoy constreñidos a una deuda perpetua respecto al consumo, que fenómenos como el de la moda -principio de distinción pero a la vez de gregarismo, tal como lo acotó perfectamente Bauman- no se cansan a cada segundo de revelar. Slavoj Zizek ha señalado, al respecto, que si hay que hablar hoy de un superyó, el mandato de este no sería otro más que el de “¡Goza!”.

              En este sentido, el culto invisible al Capital se ejerce en cada compra compulsiva de un objeto de marca reconocida, en cada aceptación de los principios del libre mercado extendidos a otras áreas como el ámbito personal, sentimental, etc. . No obstante, esto no significa que habríamos que abstenernos de alimentarnos o vestirnos para no servir al sistema. Una dicotomía como tal constituye la aceptación implícita de que toda forma posible de uso ha sido capturada por los dispositivos del capitalismo.

            Como ha señalado Giorgio Agamben en su breve ensayo “Elogio de la profanación” (en el que esboza una breve interpretación del texto de Benjamin), la inversión de la religión capitalista no ha de proponerse un regreso a un “uso natural” de los objetos, sino que, antes bien, desactiva toda finalidad que el sistema de consumo imprime en ellos. Así, no se trata de crear otro mundo aparte, sino de profanar ese mundo separado que el capitalismo construye a partir de la deuda infinita que separa continuamente a todo sujeto. Solo así, acaso, la libertad pueda ejercerse desde, por y para una comunidad.

*(1): Tomamos en cuenta la traducción efectuada por Enrique Foffani y Juan Antonio Ennis.

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