Spinoza y nuestra sociedad de consumo

Hoy por hoy, a juzgar tanto por el estancamiento del pensamiento ético como por la ejecución de políticas culturales en torno al objeto de este, la  vida “buena” o “feliz”, no cabe ninguna duda constatar la invasión y permanencia  de un relativismo cultural, tan bienintencionado como incapaz de ampliar su mirada sobre la totalidad social. Sin embargo, si echamos un vistazo a la historia de la filosofía, propuestas como estas  no son de aparición reciente: ya Descartes, al mismo tiempo que colocaba a la certeza y a la evidencia como criterios básicos e indudables para la investigación filosófica, nos hablaba de una “moral provisoria” de la cual podamos echar mano ante la incapacidad de establecer en el ámbito de la vida práctica verdades y dogmas de la misma forma que se hace en la ciencia.

No obstante, habría que esperar algunas décadas posteriores para presenciar la aparición del potente pensamiento de Baruch Spinoza (1632-1677). Resumir su diversa y extensa obra no es nuestro objetivo  aquí -a pesar de que por tratarse de un pensador tan sistemático como él, hablar de un elemento sin referirnos mínimamente al todo resulta un sinsentido-, tan solo rastrear algunas ideas suyas que, sirviendo como criterio de evaluación para nuestro contexto actual, permitirían ubicar vías de resistencia a las estructuras de dominación tardocapitalistas.

Como es ya bastante sabido, Spinoza asume como empresa principal la tarea abandonada por Descartes: construir un sistema para la ética en cuyo centro se encuentre situada la metafísica. Para tal pretensión, abrirse a una mirada holística de lo real no resulta una elección, sino sobre todo una exigencia (de ahí que no sea para nada sorprendente que la primera parte de su Ética esté dedicada a cuestiones ontológicas). En este sentido, una descripción cabal de la realidad del ser humano tiene que asumir tanto los componentes racionales como los “irracionales”: de hecho, Spinoza es uno de los primeros filósofos en conceder tal estatus ontológico al deseo y las afecciones en general (adelantándose en esto a Schopenhauer o Nietzsche), a tal punto que nada tiene que envidiarle a su par la razón (ambos, desde luego, como manifestaciones de la única Sustancia existente).

No obstante, lo interesante con las afecciones reside precisamente en su causa: Spinoza señala que, de acuerdo al agente de ellas, podríamos establecer una división entre la acción y la pasión: en el primer caso, la causa se ubica en nosotros mismos, en mi propia alma; en el segundo, la causa es totalmente exterior. Esta simple división lleva en sí enormes implicancias para una concepción de la libertad, algo de lo cual Spinoza es totalmente consciente: el filósofo holandés acusa en los hombres la vana creencia de ser libres por saber qué es lo que quieren o desean (tal como sucede hoy en nuestras sociedades liberales de consumo), ignorando por completo por qué precisamente desean lo que desean.

Si tomamos en cuenta la definición que estableció ya hace mucho Tomás de Aquino para la noción de “causa instrumental”, a saber, la de que un instrumento realiza su acción debido a una causa propia (la virtud del instrumento) y una impropia (la del agente que efectúa la operación y domina al instrumento), podríamos conjugar ello con el diagnóstico de Spinoza para echar luces sobre las estructuras de dominio en nuestra sociedad.

Acaso como nunca antes se nos ha vendido una idea enrarecida de libertad, del vano “¡Nada es imposible!”, volcando para ello nuestra atención a los distintos objetos de consumo que nos presenta el mercado (no solo económico, cultural, simbólico y hasta humano). Acaso como nunca antes nos creemos libres por tener la capacidad de emitir nuestra opinión, de poder conectarnos al mundo, ignorando en ello el enorme condicionamiento al que somos sometidos por los distintos mecanismos actuales de poder. En este sentido, nada nos diferencia del instrumento aquinense: llevamos a cabo nuestros planes de vida, proyectos personales y demás a partir de nuestras propias virtudes, ignorando que quien establece los criterios, dibuja el mapa y escribe las opciones en las cartillas ha determinado ya incluso hasta nuestra muerte.

Ante ello, de acuerdo a la división de Spinoza, los individuos de nuestra actual sociedad de consumo no actúan en sentido estricto, tan solo padecen los distintos condicionamientos ideológicos. Para efectuar una verdadera acción, Spinoza no recomienda algún tipo de represión o algo semejante a un rompimiento de la necesidad de los afectos, pues son precisamente ellos los que nos hacen humanos. Por el contrario, el camino a seguir tiene que ver con la fuente de nuestros deseos, con una toma de consciencia de nuestra vida diaria y sus decisiones, mediante una autocrítica constante, abandonando  así la vida centrada en el acto para apostar por una potencia inagotable.

*Ilustración de Pawel Kuczynski.

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