Filosofía y angustia: una relación inminente en la época capitalista

En una conferencia de 1955 titulada ¿Qué es esto, la filosofía?, el filósofo alemán Martin Heidegger, en una pretensión por hallar las condiciones de posibilidad de la filosofía, pone especial atención en la predisposición que marca toda “correspondencia hacia el ser” en lo que él considera como esencial a toda investigación auténticamente filosófica. En efecto, si de lo que se trata en el discurso filosófico es de pensar aquello que posibilita lo que se muestra como ente, ello requiere como necesario paso previo una actitud o disposición de parte del filósofo para tal empresa. Así, en el transcurso de la historia de la filosofía occidental Heidegger identifica dos momentos cruciales para esta disposición: en la filosofía antigua podemos reconocer sin dificultad al asombro como aspecto esencial, mientras que en lo concerniente a la filosofía moderna, la certeza y evidencia constituyen la base para las indagaciones tanto de Kant como Descartes, entre otros.

No obstante, para el desarrollo de la filosofía a partir de Hegel no podría señalarse unívocamente una disposición que sirva de base para los tantos discursos filosóficos que han de surgir (situación de la cual Heidegger es plenamente consciente). A la par de ello, si tomamos en cuenta la usual división que suele efectuarse en el seno de la historia, a saber, entre una filosofía analítica y una continental, queda desterrada toda posibilidad de establecer una disposición fundamental para la filosofía contemporánea.

Para echar luz alguna sobre el problema planteado hay que remontarse hasta la publicación de Ser y Tiempo, en 1927. Partiendo de las tesis principales de aquel libro, podríamos establecer que la idea de una disposición para la filosofía encuentra su raíz ontológica en lo que se conoce como angustia o, usando un nombre del habla común -como sugiere Heidegger-, “la voz de la consciencia”. Tal estado de ánimo no consiste en otra cosa más que una pérdida de interés tanto por los objetos que nos rodean como por el contacto interpersonal, para sentir todo el peso del simple hecho de existir en el mundo. Mientras que en otros estados de ánimo (cólera, alegría, ira, miedo, etc.) no representa problema alguno localizar su objeto, un ente en particular, en el caso de la angustia tal lugar permanece vacío: de lo que se trata aquí es del tener-lugar en el mundo.

 

Por otro lado, hacia finales de los años 90, el “colectivo” francés Tiqqun hizo aparecer en el primer número de su revista un artículo titulado “¿Qué es la Metafísica Crítica?”, el cual resulta no solo terriblemente contrario al proceso de la modernidad y las consecuencias materiales de su publicitado “progreso”, sino que intenta establecer vías de salida a ella a partir de lo que precisamente la modernidad intenta reprimir, esto es, toda visión que se dirija más allá de lo meramente sensible. Lo que aquí se nombra como visión más alla de lo ente no corresponde, desde luego, a una visión de carácter religioso o mítico, sino que apunta a la misma sensación de extrañamiento que caracteriza a la angustia heideggeriana, al sentimiento que permite pensar la existencia en su totalidad.

Cabe añadir que bajo esta perspectiva, la represión de toda visión que intente ir más allá de lo que simplemente se muestra no conduce a otro lado más que a la propia propagación de dicho sentimiento metafísico. Desde luego, la constatación perfecta para este fenómeno salta a la vista desde la dinámica social y cultural que trajo consigo la modernidad:

Lo que es moderno no es real, lo que es real no es moderno. Sin embargo, existe sin duda una realización de ese programa, pero ahora que se culmina vemos también que es todo lo contrario de lo que pensaba ser, en pocas palabras: la completa desrealización del mundo. Y toda la extensión de lo visible lleva consigo a partir de ahora, por su carácter vacilante, el testimonio brutal de que la negación realizada de la metafísica es sólo, después de todo, la realización  de una metafísica de la negación. El funcionalismo y el materialismo inherente a la modernidad mercantil han producido por todas partes un vacío, pero este vacío corresponde a la experiencia metafísica originaria: donde las respuestas que van más allá de lo ente –y que permitirían su orientación– han desaparecido, surge la angustia, y el carácter metafísico del mundo aflora a la vista de todos. Nunca el sentimiento de la extranjería y del extrañamiento había sido tan agobiante como ante las producciones abstractas de un mundo que pretendía sepultarlo bajo la inmensa opulencia incuestionable de sus mercancías acumuladas. Los lugares, los vestidos, las palabras y las arquitecturas, los rostros, los gestos, las miradas y los amores, ya son sólo las máscaras terribles que una sola y misma ausencia se ha inventado para venir a nuestro encuentro. La nada ha colocado visiblemente sus cuartes en medio de la intimidad de las cosas y los seres” (¿Qué es la metafísica crítica?)

Quizá cabría establecer aquí un vínculo inminente entre la filosofía y angustia, vínculo más amplio que el establecido por la filosofía heideggeriana. Si la angustia ha empezado a generalizarse, si los procesos de deshumanización se han intensificado como nunca antes se ha registrado, si el capitalismo se está apropiando de lo que parecía inapropiable (como lo muestran los tantos cursos de yoga y meditación que no otorgan sino un descanso para luego retornar a la maquinaria laboral), el lugar de una filosofía comprometida parece hallarse precisamente ahí donde toda filosofía es posibilitada: en la defensa de la libertad (cuyo sentido es una de las tareas  más acuciantes para nuestra época) de todo ser humano para elegir formas de vida no opacadas por el poder, para permitirse pensar más allá o más acá de los esquemas establecidos por toda ideología dominante (sea de derecha o de izquierda).

Si alguna vez se le reclamó a la filosofía un regreso al mundo de la vida, dicho retorno no debería pasar por alto las escisiones programadas en la vida misma, los móviles invisibles que diseñan toda decisión aparentemente inofensiva, incluso la más mínima y cotidiana. No se trata de politizar la filosofía ni de hacer una filosofía politizada (movimientos que no se diferencian en nada de la ideología), sino de evidenciar, ahora más que nunca, su inevitable indiferencia: toda filosofía que apunte a explicar la vida, incluso todo intento por filosofar hoy en día, se hace ya hermana, en tanto apátrida, de los desposeídos.

*Fotografía de Juan Tapia.

 

 

 

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