La violencia del recuerdo

Soy víctima de mí mismo. Hay noches que necesito recordar todo, expulsarlo de mí, de mi vacío para que al menos sea un lugar agradable. Necesito volver a sentirlo todo, odiar otra vez y sembrar el remordimiento donde ya no queda más rencor, volver a sentir la lanza por debajo de las costillas, retroceder algo de tiempo por el mero placer de revivir las escenas de dolor que mi mente almacena en algún lugar de mi memoria. Extraño todo, me extraño, me escribo para desgarrar algo de piel que me queda pegada a las letras, a las mayúsculas. Me desgarro lento y sin apuros, sin prisas solo para volver a inhalar del aire que ha quedado atrás, el aire que ya exhalé y quiero volver a probar. Intoxicarme por un momento de dióxido de carbono y sentir como la soledad me estruja a su pecho. Esta noche me olvido de lo estético y me concentro en la carnicería brutal que hay en el recuerdo. En la intensidad de todas las descargas de la memoria, tengo humo en el estómago, demasiada pólvora. Hoy no saldré vivo de las trampas que me he puesto. Hay recaídas. Todo viene, regresa como vómito, el alcohol regresa puro, el tabaco vuelve igual, los jugos gástricos me causan ardor en la garganta. Acepté esto como un instante eterno, una vez por mes, en la noche de un fin de semana, con pocas cosas por hacer, con la angustia de escribir para alguien que no existe, con la pesada responsabilidad de buscar algo a qué aferrarme para poder dar cuenta de ello y lograr por fin la sinceridad deseada. Mi resumen es fatal: estas noches vivo por inercia. De nada sirvió aprender a perder en los caminos de la vida, si no he aprendido cómo volver a jugar; si no sé si escuchas algo de mí que se mueve con dulzura por tu pecho. No sé con cuánta asiduidad recuerdas que existe un hombre herido del recuerdo, con las ganas de violar el mundo que lo ha dejado perplejo y aún así se abandona a la sensibilidad como único recurso estable, como la única esperanza que le queda, ahí llora. Es el lugar donde mantiene el aplomo y solo puede dedicarle tiempo a la respiración. Espero que no me encuentres en tus noches tristes donde intentes recrear un bosquejo de mis líneas al lado de tu cuerpo. No estoy para nadie, ni para mí, me sigo buscando en el mismo laberinto que se perdió Kierkegaard. Ojalá lo encuentre, me hable un poco del sentimiento de la angustia, y fumemos un rato en mi melancolía. Espero que sea así, antes que pierda la percepción de la delgada línea que me une a la realidad, de este peso muerto que me mantiene atado a lo real y tangible. Me recuerdo como un incendio en el bosque, potente y magnífico, arrasando lo único de vida que queda; pero al mismo tiempo asesinándose a sí mismo. Consumiendo la vida de los árboles para sentirme potente sin percatarme que me acabo de forma paulatina en la en medida que ellos se van reduciendo. Me alimento de la vida para acabar con la mía tan solo con el recuerdo. Induciéndome la decepción para masticar óxido de metal otra vez. Buscando algunos pedazos de mí que se han llevado la gaviotas. De todos modos, recordarme no es un buen pasatiempo. Hay una noche tremenda detrás de la imagen que puedan dar mis ojos, hay un día, una vez al mes, donde asesinar se vuelve la mejor escapatoria de la masacre del recordar ¡Pero no! Quisiste abandonar la parte que conocía de ti, que era la única que podía almacenar en mi mente agraviada por mis manías. No te diste cuenta que soy una máquina de sadismo que mientras más amas más le duele, esperando a que los bordes afilados del amor tengan contacto con mis fibras musculares. Tengo una colección de lágrimas que jamás verás y un cenicero en el cerebelo. Tratando de escribir ceniza solo puedo toser sangre. De mí para ti, de mi desorden, de mi debilidad y mi hígado que reclama una bocanada de vida para tu fulgor, para tu vela en alta mar. Esto se está poniendo agresivo dentro de mi corazón, que se está rajando las arterias para poder aceptar mi cada vez más vacía realidad.

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