La potencia del lenguaje y la palabra-en-el-mundo

         Las reflexiones llevadas a cabo por Aristóteles en torno a la dicotomía potencia/acto (distinción que domina subterráneamente el pensamiento occidental) van mucho más allá de lo que una lectura superficial (tanto a favor como en contra) podría establecer. Tal como nos lo recuerda Giorgio Agamben en varios de sus libros, cabe decir, desde los relacionados directamente con temas de la ontología como El lenguaje y la muerte hasta Homo Sacer (libro insoslayable para el pensamiento político contemporáneo) una nueva evaluación de lo que conjuga a 9ambos elementos podría resultar no poco fructífera.

                 A juicio de Aristóteles, alguien tiene una potencia de algo cuando puede hacerlo, por ejemplo, que un carpintero ‘pueda’ hacer mesas. Sin embargo, cabe ahí precisar una distinción mencionada ya por el estagirita: poder hacer algo, según su origen, nos viene dado sea ya de forma natural o de forma adquirida, como la técnica del carpintero. No obstante, ¿qué sucede en aquellos casos en los cuales el carpintero se niega a llevar a cabo su obra? ¿Pierde su potencia de construir mesas? ¿O es que acaso esa potencia-de-no es más originaria que la de hacer algo, es decir, la que pudiéndose efectuar no se realiza y que no por ello se pierde ? De resultar cierto lo último, para Aristóteles -según la lectura de Agamben- la potencia pura es aquella que no se realiza, es decir, para seguir con el ejemplo, el carpintero que pudiendo hacer una mesa, no la hace. Esto, como podrá entreverse, tiene grandes implicancias para mapear formas de resistencia en el estado actual de la biopolítica contemporánea (tal como lo muestra el mismo Agamben al relacionar esta interpretación con aquel otro relato ya clásico de Bartleby). De ser todo esto así, la potencia se revela originariamente como una impotencia.

              Si una de las estructuraciones básicas de la metafísica se revela de la forma expuesta en las líneas anteriores, ¿cuál es el papel del lenguaje en todo ello? Que la estructura del lenguaje se piense metafísicamente es algo que ya se constata en la división sujeto/predicado (sustancia/accidente), sin embargo, la órbita de la metafísica se mueve en límites más vastos que en las máscaras del sustancialismo.

            Heidegger, en su conferencia de 1930 ¿Qué es la metafísica?, señala a la Nada como el fundamento negativo de toda metafísica, una nada que aparece cuando el ente se sustrae, y que posibilita, en su angustia, la desaparición de algún lenguaje meramente constatativo; en Ser y Tiempo , por otro lado, dicha Nada aparece bajo la figura de “la voz de la conciencia”, esto es, un discurso que sin instanciarse en significantes, sin embargo, es posible comprender. No obstante, que el Dasein se vuelva en la angustia hacia la Nada posibilitando con ello la muerte (según la lectura de Heidegger, solo los animales ‘fallecen’, el hombre ‘muere’), que en la filosofía se haya asumido desde el principio la inaprehensibilidad de todo objeto de conocimiento (recordemos El Banquete de Platón), y que sea sobre ese vacío en el cual todo lenguaje se retira para, en acto posterior, constatar su suspensión (hablar de una renuncia a favor de lo incognoscible); precisamente es a la base de todo ello por lo que Agamben identifica como nexo oculto entre lenguaje y muerte, conexión que se mueve en el fundamento de la metafísica occidental.

           De ser esto cierto, si aplicásemos el modelo de la potencia al lenguaje, estaríamos autorizados a identificar a dicho “discurso que no dice nada” como la impotencia originaria de todo lenguaje, que actualizándose en la cotidianidad revela su potencia. O para decirlo en terminología agambeniana, el tener-lugar del lenguaje se indica a través del lenguaje metafísico de la muerte.

               No obstante, si la pretensión de una “superación” de la metafísica ha caído más  que nadie  en sus propias trampas, si el solo encuentro de los móviles de la metafísica no constituye para nada su escape, resulta relevante entonces restituir el lenguaje, apuntar su tener-lugar, su acontecimiento, a una instancia diferente (no contraria) al de una “voz sin sonido”.

             La postulación de una palabra-en-el-mundo, más originaria que la omnipresencia posestructuralista del signo, un lenguaje desconectado de la muerte, restituido desde la cotidianidad impropia hacia la anulación de la separación entre trascendencia e inmanencia (en cuanto ambos se suponen), podría aparecer como nuevo lugar del lenguaje. De esta forma,  mostrar la ausencia inherente a toda realidad (bajo la forma de abandono, como ha teorizado Jean-Luc Nancy) no resultaría una tarea paradójica sino, acaso, la instauración de un lenguaje más humano.

 *Fotografía: Chema Madoz.

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