Fragmentos desde los ecos del mundo

Ecos del mundo. Fluyen los días mientras permaneces en el fondo del lago. Es suave el sonido del pasto contra el viento en la orilla, es suave sentir los pequeños hilos de agua entre los dedos.
A la distancia, un claro cielo consigue escapar a las nubes grises. Me pregunto (interrogante permitida porque lo siento) si así será ahora mi alma, ahora que las  personas que me ofrecían su amistad permanecen en la superficie del lago, ahora que el aislarse marca mi espíritu, que se aleja sordamente de las cosas bellas que conocí en este mundo.
Quisiera poder identificar algún evento o suceso del cual haya escapado y habría de llegar hasta aquí, un rostro con el cual conjugar mis males…pero solo me encuentro yo, por todos lados, en las calles, en el viento, afuera de mi piel, dentro de mis sentimientos, al fondo de mi mente, esperando devorar todo para convertirlo en letra. Porque dicen que así sucede, que cuando las cosas tienen un nombre que los identifica, inmediatamente sabes su contrario, su sinónimo, su evocación, de dónde viene, adónde va. Las palabras son la telaraña más grande e invisible con las que nos tenemos que ver: envuelven hasta el más mínimo detalle, e incluso  el intento de escapar  nos involucra más en ellas (como lo hacen los filósofos, esa especie en peligro de extinción).
El paisaje sigue desierto y gris: una ligera luz de alarma se divisa a la distancia, probablemente proveniente de un faro. Hay pasto, suaves murmullos de aire, un horizonte amplísimo…como los que me gustan, como los que me hipnotizan. Volteo sobre mis espaldas y me doy cuenta de que el camino a casa ha desaparecido, que la utopía profana que constituye mi hogar se ha instalado en las nubes de las montañas más altas: los brazos extendidos al horizonte son solo los últimos chispazos de alguien que empieza a fragmentarse en sus propias posibilidades.
Las palabras. Ahí las tenemos nuevamente: adonde vaya, no dejan de seguirme. Aunque, sinceramente, empiezo a pensar que soy yo el que las sigue. El poder que se me ha negado sobre las personas (el más fiel e indescifrable reflejo de la incomprensión que me rodea) se me ha sido otorgado sobre las palabras. Y después de tanto dominio, después de tanta lucha estúpida por abrirlas, por sentirlas, por hacer con y desde ellas mi mundo, caigo en la cuenta de que ellas se apoderaron de mi espíritu. Las pocas veces que consigo salir, termino en llanto o en risa, porque la pura imagen, la pura sensación estética de alguna ola de mar o la sonrisa tierna de mi alma muerta, me coloca de inmediato en los límites del lenguaje, donde nada puede ser expresado más que como gesto.
Despierto momentáneamente de tan largo letargo, he hallado solo un lago en medio de un vasto campo desierto, con poco pasto alrededor, y cerca, considerablemente cerca al mar. Quizá esté al fin en “el desierto de lo real”, y vaya que la realidad del desierto resulta ser más pesada y angustiante para nosotros, los seres humanos, castigados eternamente a pagar una deuda sin acreedor, maldecidos a llevar en nuestro pecho las ansias de escapar de la piel y fundirnos en una sola sustancia con el tiempo.
(De pronto, recuerdo que en mi bolsillo llevo una fotografía tuya, una a blanco y negro, como te gustan, como me gustan. Miro tus ojos, tu piel…¿Podrías acompañarme? No haré ruido, no emitiré frases ininteligibles, así que te libero de la presión de expresarte. Solo quiero sentir tu presencia, que respiras ahí, a mis espaldas, que luego de asombrarme y emocionarme por el ruido de las olas al romperse en la orilla, pueda darme la vuelta y ver tu rostro, intuir que tu mano es mía).

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Nat dice:

    Las palabras inyectan sangre a las venas del escritor. Excelente posteo…
    No tengo una foto una foto de él, me acostumbré a los días nublados.
    Gracias

    Le gusta a 1 persona

  2. steresis dice:

    Gracias a ti por seguirnos. Saludos a la distancia.

    Me gusta

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