Nietzsche y el Eterno Retorno: la posibilidad del arte

En el marco de la tradición filosófica occidental, el arte  ha sido usualmente comprendido como aquello que el hombre produce fuera de él. Sin embargo, con Nietzsche asistimos a la comprensión del artista como artista de sí mismo, de su propia vida. Como tal, se nos muestra no como un ser que solo busca exaltar el aspecto irracional, tal cual se suele interpretar, sino como quien, a partir del conocimiento perspectivo, se dona las condiciones de posibilidad para una creación auténtica de valores. Desde este punto de vista nos puede ser claro el sentido en que la voluntad de poder, como darse a sí mismo posibilidades, puede ligarse al arte. Sin embargo, el problema más agudo para el artista radica en la posición que toma ante la doctrina más peligrosa y grave: el Eterno Retorno de lo Mismo.

              La primera aparición de esta doctrina en la obra de Nietzsche se da entre los últimos aforismos del Libro IV de La gaya ciencia bajo el título de “El pensamiento más grave” o “Peso formidable” y bajo la forma –en gran parte– de interrogantes. No obstante, allí donde aparece con una notable importancia es en Así habló Zaratustra y en los libros que vendrían después. En una formulación simple, el Eterno Retorno consiste en lo siguiente -a juzgar por La gaya ciencia:

 “¿Qué ocurriría si día y noche te persiguiese un demonio en la más solitaria de las soledades diciéndote: ‘Esta vida, tal como al presente la vives, tal como la has vivido, tendrás que vivirla otra vez e innumerables veces, y en ella nada habrá de nuevo’ […]?”

                 Las implicancias de esta cuestión no son pocas ni fáciles de dilucidar. No obstante, los modos en que ésta ha sido interpretada pueden brindar elementos necesarios para poder hacer un recuento de aquellos caracteres que posee y los problemas que afronta. Una de las lecturas más extendidas es la que, naturalmente, ve en ella un repetirse idéntico de los acontecimientos dados en el mundo donde el tiempo se comprende como un círculo en el que pasado, futuro e instante se unen. No resulta indispensable ir más allá de Nietzsche mismo para notar que en esta pensar hay algo “aterrador” –más allá de la repetición misma–, a saber: que todo es necesario y que, a causa de ello, no cabe concebir la libertad de los hombres para determinarse a sí mismo. Sin embargo, ¿acaso Nietzsche ya no había negado la existencia de la libertad previamente? De ser esto así, ¿en qué sentido el espíritu libre es tal? Con esto se nos muestra la problemática más evidente de la doctrina. Ahora bien, si existe algo así como el Eterno Retorno de lo Mismo, ¿qué lugar cabe para la creencia en la existencia de una causa primera como creadora de lo dado? De esta forma, dos de los problemas primordiales de la filosofía (y en particular del idealismo alemán y de la pre-modernidad) se nos hacen aquí presentes. Bien podríamos llamar “metafísica” a esta interpretación.

               La consecuencia más notable del primer problema, como ya recordaba Heidegger, se da en el plano del sentido. Si las acciones realizadas por los hombres sólo son repetición de lo ya hecho anteriormente, la existencia misma nos traslada a un estado de indiferencia respecto a ella. Sea cual sea el horizonte que cada quien haya dado a su modo de vivir, éste queda anulado al no ser elección propia, sino del “destino” ¿Pero acaso no es este el modo de asumir la existencia de ciertos hombres religiosos y que, sin embargo, no conlleva a un ser indiferente? Recuérdese entonces que, en tanto el Eterno Retorno es de todo lo que es, no hay cabida para un dios que haya dado sentido al destino, sino que él mismo está comprendido en el mero repetir por repetir. No hay fin ni unidad en el cosmos y, aún más, ¿no es este estado en el que aparece el nihilismo como consecuencia de la tortura del “en vano” y, en tanto estado psicológico, como un deseo de sumergirse en un ente metafísico pero que no se sostiene ante el Eterno Retorno?.

                 Las problemáticas surgidas, a las que se llega tras un examen lógico de lo implícito en la doctrina, ha encontrado en Heidegger un observador bastante agudo que ha intentado solventarlas. Sin embargo, nos sobran motivos para distanciarnos de su interpretación, pues dicha perspectiva tiene por principio un modo de entender el Eterno Retorno que se aleja del sentido del sentido que le otorga Nietzsche. La solución de Heidegger, en breve, es la siguiente: para no caer en la indiferencia es preciso justificar la libertad. Basándose en el texto “De la visión y el enigma” (Así habló Zarathustra, III parte), la libertad se hace posible a causa de que, en el cierre dado en el choque de cabeza –término vital– del pasado y del futuro en el instante, debe haber una apertura previa que deja en libertad al manifestarse de lo ente, incluido en ella el hombre. Esto, sin duda, permite entender el Eterno Retorno ya no como un mero círculo donde pasado, instante y futuro se confunden, sino como la repetición de acontecimientos donde el futuro choca con el pasado abriendo el instante. Sin embargo, ¿cómo podría suceder esto? La respuesta solo podría entenderse en tanto se comprenda al pasado como aquello que se anticipa y el futuro como lo que viene a nosotros encontrándose –o chocando de cabeza– en el instante. Sin embargo, esto no da razones suficiente como para afirmar la apertura hacia una libertad sin, a su vez, tergiversar el modo en que Nietzsche concibió el Eterno Retorno, sobre todo porque dicha perspectiva aún se mueve bajo una lógica de la “demostración”.

              Al artista, dueño del conocimiento genealógico y sabedor de las trampas a las que el lenguaje nos lleva, no se le oculta el hecho de que el “yo”, la “libertad”, la “responsabilidad” son ideas que han surgido de una metafísica que ya no puede sostenerse. El artista más elevado, que es espíritu libre, ya no busca seguridad en ese tipo de pensamientos; él mismo se sabe voluntades de poder, devenir, alteridad, y crea sus valores por sí y para sí, lo que quiere decir que su saber es un conocer para la vida. A él no puede presentársele ya el Eterno Retorno como un pesar -tal  como sí se le presenta a Nietzsche-pues para el artista las antinomias surgidas de tal sabiduría no le son relevantes; él sabe reír ante ellas. Conoce su valor como tesoro de la cultura, pero ya no significan una carga.  El Eterno Retorno de lo Mismo, que para los ojos del espíritu decadente se presenta como una vuelta a lo ya-sido, se presenta como oportunidad de acción para el ultrahombre. Lo ya-sido adquiere la estructura de lo que aún no es, del futuro. Esto sólo puede deberse, a nuestros ojos, a una interpretación vitalista de la doctrina, que se presenta como posibilidad. Recordemos, para ello, la pregunta formulada en modo condicional en La gaya ciencia: “¿Qué pasaría si…?” El Eterno Retorno no es una mera afirmación de la existencia a pesar de ciertas antinomias. Es la condición de posibilidad para mostrar una actitud frente a la existencia donde ella misma es afirmada y querida tal como es.

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