Sobre la relación entre la Temporalidad y la Identidad

El problema de la identidad, lo que distingue a un ente A de otro ente B a partir de la exclusiva pertenencia que tiene el ente A consigo mismo, ha aparecido constantemente en la historia de la filosofía, muchas veces determinado antes de siquiera lanzarse al análisis. Bajo la influencia de la metafísica de la presencia, se ha pensado a lo que es idéntico a sí mismo como aquello que es intemporal, eterno, ideal, que no puede caer bajo la órbita del devenir y el cambio. No obstante, no por ello la determinación temporal ha sido dejada de lado: el privilegio de lo (siempre) presente es clara señal de ello. Así, un análisis riguroso exige tomar como punto de partida los tres momentos que componen la estructura de la temporalidad y, desde ahí, determinar cuál de ellos constituye el sentido preeminente de la identidad.

            Pensar a ésta como aquello que permanece a pesar de todo cambio, es privilegiar un aspecto de la temporalidad, esto es, el pasado, en cuanto la identidad es aquello que tiene que seguir vigente a pesar de todo acontecimiento que pueda surgir. No obstante, gran parte del desprecio actual que se tiene a todo intento, tanto teórico como práctico, por fijar los límites y posibilidades de la identidad encuentra un considerable y justificado soporte en los errores de este enfoque. Esta especie de romanticismo, aunque goce de buenas intenciones, se encuentra con un serio problema, cuando es aplicado a los espacios culturales, en la medida en que se sostiene en el desarraigo de la cultura respecto de lo social: la fantasía halla su sentido solamente en la ensoñación y no contempla las vías para encajar en la realidad. La excesiva mirada sobre el pasado, en última instancia, está clausurada, a la par que clausura, toda visión del devenir de lo real.

            Por otro lado, el énfasis en el presente no podría dar indicaciones objetivas a nuestro problema pues supone una fragmentación de la vida humana y, con ello, la completa disolución del asunto. El más claro ejemplo de lo que decimos es nuestra actual sociedad de consumo. Bajo la lógica del exacerbado consumir por consumir, en la cual las viejas exigencias morales parecen haber sido dejadas de lado en favor del placer hiperbolizado, lo-instantáneo se sitúa como el pan de cada día. Si el fetichismo de la mercancía propuesto por Marx para explicar la sociedad occidental burguesa consiste en ver las mercancías como cosas aisladas, ignorando los procesos sociales y económicos que lo sostienen, no hay mejor ejemplo para ello que nuestros actuales centros comerciales. Aquel proceso, originariamente económico, puede generalizarse a los tantos modos de relaciones sociales que existen: en este sentido,  todo parece diluirse en el simple tener/no-tener, tanto en la ocupación con las cosas como en la solicitud hacia las personas.

      De hecho, la propaganda vende la idea de un Yo que se sostiene en todas esas posesiones, que se sustancializa solo a partir de más consumo, que solo se puede ser en cuanto se tiene. Así, la identidad queda configurada bajo la falsa pretensión de “singularidad” cuando en realidad, tal como lo mostró ya Hegel, lo singular muchas veces resulta ser lo más universal, lo más expandido, lo más transparente, en suma, lo más uniformizante. De esta forma, el yo no solo es una burbuja sin base en lo real, sino que se pierde incluso las condiciones de posibilidad para toda autenticidad al resultar encadenado a los mandatos de la industria cultural dominante. Como resultado, esta fragmentación y aislamiento de todo objeto de la consciencia parece privilegiar un presente enrarecido, midiéndose a partir de la fugacidad de la satisfacción del deseo de consumir, presente que imposibilita alguna visión de la totalidad de la vida o, al menos, un examen más profundo de lo que sostiene nuestra interacción social con las cosas y personas. No resulta, por tanto, ser la vía para el examen de la identidad, pues antes que mostrarla, la diluye, la oculta.

           Respecto al tercer elemento de la secuencia lineal de la temporalidad, el futuro, parece un contrasentido pensar a la identidad desde aquél: de hecho, si el futuro no existe propiamente hablando, si es un todavía-no, ¿cómo es que puede intentar esclarecer nuestro sentido de distinción de los otros  a partir de algo que todavía no es? Sin embargo, a nuestra consideración, esto resulta de un mal enfoque del futuro, es suponer el tiempo demasiado espacializado, cuando muchas veces el futuro parece estar ya en el presente mismo bajo la figura de una inminencia (propuesta que debemos a una lectura del inmortal Ser y Tiempo). Nos elaboramos proyectos, nos trazamos planes de vida solo en cuanto tenemos los ojos puestos en lo que acontecerá: siempre estamos actuando en base a algo que todavía-no-es. Para ser más precisos: solo aquello que todavía no es hace posible lo que es ya actualmente. Todas nuestras actividades diarias se configuran a partir de los planes que hemos trazado para ese tiempo. Elegimos modos de vida, carreras profesionales, opciones laborales, todo siempre en función de una finalidad que, aunque estando ausente, su presencia se hace patente por ubicarse como motor de las acciones.

               De ser esto así, lo por-venir nos impele a una reflexión de nuestras posibilidades, que requiere una visión de nuestro propio de-dónde-venimos. Es decir, lo-que-viene adquiere su sentido a partir de lo que ya es y viene siendo (el “ser-sido” heideggeriano). En este sentido, el futuro muestra el fenómeno originario para una comprensión correcta de la identidad.

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Nat dice:

    El “entre” leí hace unos días. Es lo que nos queda entre lo abstracto y lo concreto, entre lo sido y lo que no aún no es.
    Gracias

    Me acercas (con tus escritos) a una persona super especial para mí. Sutiles derrotas a mi razón. Añoranzas del ser y pertenecer.

    Le gusta a 1 persona

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