De caminatas y asfixias

Petrificado ante la urbe; solo, pero vivo. Te escribo desde mi hambre, desde mi sed. Desde horas interminables de sueño reprimido. Te relato y me abro paso entre semáforos en rojo, luces de avenidas y balbuceos de transeúntes. He vivido engañado, mientras más subo escaleras me siento más alejado de la realidad. Debí ser actor de fantasías, retratarme en acuarelas, de esas que hay en los parques cuando están cerrados. Cojo el primer rumbo que se me haga familiar, me hundo en la garganta de Lima y puedo sentir su escasez en la parte posterior de la lengua. Aquí no hay agua, bebemos sudor de nuestras frentes. Desde aquí todo se ve tan pequeño. He sido aislado en un trauma colectivo, de todos aquellos que nos sentimos fragmentados y que intentamos cerrar con humo las heridas. Aquí nos tienes, abiertos y sudorosos, esperando los nudillos de la existencia, absurda e intransigente. Asumí un papel de crudo espectador, un péndulo suspendido en tus labios. Me faltó ganas para recorrer desde tu índice hasta tus labios. De madrugada no me sale nada que no seas tú y esta ciudad de mierda que me ahoga con sus musas plásticas. Ven, ten sexo conmigo y pintemos las paredes de las carreteras. Sembremos una cruz en todas estas dudas, estos problemas, estas seriedades, estas maldiciones que no me dejan amar. Áspero y asfixiante.

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