Agamben y la estructura melancólica de la producción artística

Se suele considerar a la Edad Media como una época oscura, una etapa de la humanidad que no ha aportado nada sustancial al conocimiento humano; por lo demás, estancada en la tecnología y ontología antigua. Sin embargo, Giorgio Agamben, en la primera parte de sus Estancias (Pre-textos, 2000) echa por tierra dicho prejuicio. No es fin de este texto tratar con más detalle aquel perjuicio, sino ver el aporte del medioevo en la consideración agambeniana sobre la melancolía y una hipótesis sobre la génesis de las producciones simbólicas de la cultura humana.

Para tal fin, Agamben recurre al concepto de acidia, desarrollado dentro de la psicología medieval, concepto que se  puede entender en líneas generales como aquel proceso mediante el cual un individuo padece la imposibilidad de alcanzar a Dios, imposibilidad, sin embargo, posibilitada por el individuo mismo. De aquí que haya sido condenado por los sacerdotes medievales y algunos padres de la Iglesia, e identificado bajo el nombre de “demonio meridiano”. Es por ello, además, que se encuentra íntimamente asociada  con el “temperamento saturnino”, esto es, la melancolía.

No obstante,  como nos revela Agamben, esta misma tradición que conjuga la acidia con la melancolía “le atribuye una exasperada inclinación al eros”. Esto nos muestra como resultado un individuo melancólico que se desespera en “poseer y tocar aquello que debería ser solo objeto de contemplación”. De esta forma, “…el trágico desarreglo del temperamento saturnino encuentra así su raíz en la íntima contradicción de un gesto que quiere abrazar lo inasible”.

Para superar esta aparente contradicción (alguien que obstaculiza su propio camino hacia su objeto, por un lado, y el mismo que se ve impulsado por el eros a querer atraparlo), Agamben recurre a Freud, específicamente a su escrito “La aflicción y la melancolía”. Freud nos habla de una melancolía que tiene soporte tanto en la aflicción como en el narcisismo. Atendiendo al primer elemento, este se caracteriza principalmente por la reacción del yo ante la pérdida de un objeto exterior (ausencia del objeto erótico). Por otro lado, la dinámica narcisista se revela a partir de la reconstrucción que efectía  el yo  dicho objeto perdido en su psique de tal manera que la libido se vuelve hacia el yo mismo, es decir, el objeto es apropiado nuevamente, pero esta vez a partir de la constitución de un fantasma.

Agamben sitúa este proceso general de la melancolía en la creación artística: mientras el acidioso tiene como objeto melancólico a Dios, la estructura formal que se comparte en la la creación artística es la de un objeto inaprehensible, acaso, inexistente. De esta forma, el melancólico tiene como fin oculto la obtención de un objeto inasible que procede, como hemos señalado, en la construcción del fantasma, logrando de esta forma que lo irreal se soporte en lo real.

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